Buscar la verdad, contar la verdad

En los medios nos hemos olvidado del objetivo de buscar la verdad. A veces escribimos para nuestros jefes, a veces para nuestra burbuja de seguidores de Twitter, a veces incluso escribimos para los lectores del medio en que escribimos. Pero no muchas veces nos atrevemos a dudar de nuestros sesgos.

Tengo la suerte de conocer a varios periodistas que llevan el oficio dentro. Los leo porque sé que los likes les dan igual, que ellos publicarán lo que sea necesario. Pero no es la mayoría. La verdad ya no es un objetivo para la mayoría. Contar los hechos es algo que hacemos, algunos por convencimiento íntimo, otros por costumbre, otros incluso por objetivo comercial: “hay que ser creíbles para construir una marca”.

Internet, el medio digital, nos enamoró desde el principio porque vimos allí en su anarquía, un espacio de libertad y de debate. Nos echamos a sus brazos y nos dejamos llevar por la impulsividad de las redes, por el avasallamiento de los likes, porque creímos que la verdad triunfaría sola, que todo era más transparente y que podríamos hacer un periodismo nuevo partiendo desde cero.

Pero ese espacio de libertad y debate tiene que ser protegido. Allí todo va muy rápido, y como hemos aprendido, también la mentira, también la manipulación, también el ansia de conseguir un par más de clicks y luego rectificaré.

Y los periodistas trabajamos con las prisas. Es más fácil coger una declaración, tira por ahí, hago una llamadita, y monto la URL. Pero hoy en nuestra sociedad hay temas que exigen que nos leamos un par de libros, que hablemos con expertos, que nos enfrentemos a nuestros sesgos y debatamos antes de publicar.

Todos estos matices y puntos de vista necesitan ser negociados, debatidos y defendidos dentro de una redacción. Si no tenemos redacciones donde todos seamos escuchados, si creemos que una redacción es sólo una empresa donde uno va, hace lo suyo y no se moja ni se implica, nos perdemos la ocasión del debate, la ocasión de cambiar lo que estaba mal.

Y cuando digo escuchar a todos, también me refiero a dejar trabajar a todos, a dar más poder de decisión a los periodistas.

¿Cuántas mujeres hay en las redacciones? ¿Y cuántas mujeres están tomando decisiones a alto nivel en esas redacciones?

Quizás la verdadera innovación no es sacar unos gráficos con una nueva herramienta. Quizás la innovación verdadera sea empezar a poner a más mujeres en puestos de mando, cambiar la forma de trabajar, abrir los despachos, escuchar más a nuestros lectores.

Como directivos tenemos que delegar más, confiar más en nuestros periodistas. Como periodistas tenemos que hacernos responsables de contar la verdad. Como primer objetivo. No podemos ser cómodos. No es un oficio para cómodos.

 

Estos son algunos apuntes que preparé para la charla que tuvimos en la I Jornada de Periodismo Responsable, Innovación y Libertad de la Información, organizada por la PDLI, ayer en Madrid, donde firmamos con otros medios el Decálogo para un periodismo responsable. La charla completa puede verse en este vídeo: 

 

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Japón, día uno

01/08/2017

Día 1: Años luz

Resumen del primer día, si no me quedo dormida sobre el teclado. He estado todo el día con la cabeza  absorbiendo imágenes, impresiones, preguntas, demasiadas preguntas. Esas mismas ideas han cambiado durante estas primeras 24 horas, y esas mismas preguntas han encontrado respuestas. Algunas.

Todo me pasa rápido en Tokio. A la vez hay una serenidad paradójica, evidente y curiosa. Es una ciudad multitudinaria en la que uno puede encontrarse rápidamente en un lugar donde encuentra paz: el sendero solitario de un parque, una mesa en un hueco de un restaurante en la decimoquinta planta de un rascacielos, una esquina donde uno se queda mirando una bicicleta aparcada.

Llegar a Tokio no es fácil, es de las primeras cosas que pienso. El primer vuelo fue Madrid-Dubai, duró 7.25 horas y al llegar a Dubai la conexión en el aeropuerto tenía un layover de 8 horas. Con lo que una llega al siguiente avión con la espalda dolorida y unas ojeras de boxeador que hacen que 8 horas más tarde el chofer del transfer del hotel nos pregunte cuántas horas llevamos de viaje en un inglés non existente.

Mis frases de oro para este viaje, además de los saludos formales y el arigató-gozaimas, eran: “watashi no namae wa Marilin des” (mi nombre es Marilin), “o-namae wa desu ka?” (¿cuál es su nombre?) y “watashi ha arenzunshin jin des” (soy argentina). La elección de la última fue porque a igualdad de condiciones, es mejor elegir la nacionalidad más lejana y exótica para impresionar, según me dijo mi hermano, y pareció buen consejo, no me dirán que no. Pues bien, no estudié más frases porque pensaba que la gente hablaría inglés. Sabía que pocos lo hablaban. Pero lo que no sabía es que los que “lo hablan” no lo hablan. Se han aprendido las frases de memoria como yo. Entonces empezamos diciendo estas frases, y luego ya seguimos con palabras sueltas en inglés, o en nuestro idioma, y terminamos en un vacío comunicacional para los que los gestos no alcanzan. Lost in translation indeed. 

He pensado mucho en esto en Tokio. Qué fuertemente dependientes somos del lenguaje. De lo visual. De los símbolos. Creo que el atractivo de Tokio pasa mucho por ahí, por sentirse perdido de verdad, por desconectar, por saber relajarse cuando no hay nada de lo que agarrarse. En mi caso ha sido así. En algún momento incluso me he arrepentido de haber contratado el pocket wifi (el router wifi móvil), he desactivado todas las notificaciones y he pasado bastante de mirar el móvil. La sensación de perderse en las calles de Tokio es perderse de verdad, y hay algo muy liberador en eso.

Le pedí al chófer sentarme adelante y el letargo del vuelo desapareció en un click. Desde que puse un pie en Tokio mi estado es de alerta permanente, no quiero perderme nada. Luego pienso en lo que me dijo Ernest, que ha estado aquí: piensa desde el principio que da igual cuántos días vayas a Tokio, no vas a verlo -no ya todo- sino un pequeño porcentaje de lo que quieras ver, lo mejor es dejarse llevar por las calles y disfrutar. Y nunca vuelvas al mismo sitio, hay demasiado en Tokio para tener que repetir. Cada vez que hacía una foto el chófer me miraba. Yo había hecho una foto a una esquina, donde había unas autovías a tres niveles, unas máquinas expendedoras en plena calle, unas bicis sueltas sin atar. ¿No hay de esto en Argentina?, pregunta el chófer con gestos. Y yo no me he aprendido la frase: “Es que vivo en Madrid, y no, tampoco es nada parecido a esto” en japonés.

En cuanto llegué al hotel noté lo que siempre me pasa cuando estoy muy cansada. No puedo formular una pregunta simple, ya no en inglés sino en cualquier idioma. Por lo tanto hice la mínima cantidad de preguntas idiotas al de la recepción y me dí una ducha y me acosté. Puse el despertador a las 9 intentando dormir al menos 6 horas, porque ya eran las 3. Pero a las 5.47 me despertó la luz (¿a qué hora amanece en esta ciudad?). Abrí la ventana y me quedé con la boca abierta al ver el parque Shinjuku Suo Park, que está enfrente a mi habitación y detrás, como un oportuno ejemplo del escenario de Godzilla, el impresionante edificio del gobierno metropolitano. Abrí la ventana y oí un chirrido ininterrumpido intenso que venía del parque. Cuando bajé lo oí aún más fuerte al pasar al lado, saqué el móvil y lo grabé. Luego durante el día, andando por el parque en Harajuku, me dí cuenta de que son insectos, chicharras o lo que sea, que hacen ese ruido intenso. Por la noche se habían callado.

Voy a dejar un resumen de los sitios donde he ido hoy, porque no llegaré a escribirlo todo, y no quiero estar aquí hasta el amanecer.

– Despertar otra vez a las 10.39 am sin poder pensar.

– En estado dormida: buscar restaurante, no encontrar y decidir salir y ver, ir a la oficina de información turística, vagar por las calles del edificio de Gobierno, perdida hasta encontrar la entrada. Buscar los pases de JR Pass y del metro. Comer un sushi de cinta, pensando todo el rato que no estoy usando bien los palillos y todos me miran por eso. Despertarme un poco y llegar a la estación de Shinjuku.

– Nadie habla una gota de inglés, pero todos son muy amables. Gestos como los indios (la india soy yo, claro).

– Me llama la atención: que la mayoría de las bicicletas que veo aparcadas en la calle no están atadas. Creo que he visto una o dos atadas, el resto sólo con la patita (!)

– Me llama la atención #2: Cómo puede estar todo tan limpio y no he visto a una sola persona limpiando las calles. Tampoco hay papeleras.

– Me llama la atención #3: Hay gente durmiendo en la calle (poca), y tienen todas sus cosas, sus cartones igual de ordenados que todo lo que hay aquí. Todos.

– Me llama la atención #4: Los taxis son todos de diferentes colores. Me hace pensar cuánto nos despierta la curiosidad un viaje, ya que empiezo a preguntarme: ¿el ayuntamiento dará licencias a diferentes empresas? ¿Cuántas serán? ¿Cómo organizan eso? ¿Cómo compiten entre sí?

– La seguridad que hay en las calles es impresionante, simplemente se siente. No he visto casi policía. La gente va con las billeteras al aire, en los bolsillos traseros, deja el móvil en la mesa y el bolso en la silla sin mirarlo casi, incluso en lugares turísticos. Es difícil no acostumbrarse a esto y me doy cuenta que cuando los japoneses van a Europa o a Argentina no son despistados, es que no están acostumbrados a esa barbarie.

– Tanta multitud que no se siente como multitud: me hace pensar que están a años luz. Somos tan diferentes. En todo el día nadie me ha chocado, nadie me ha atropellado (suele suceder en Madrid). Sólo un chico me tocó, porque tenía el brazo extendido y yo lo adelanté, y enseguida me pidió perdón de diez maneras distintas. Años luz.

– Las matrículas de los coches tienen muy pocos números. No lo entiendo.

– Me paso horas mirando las góndolas en los FamilyMart y los 7/eleven: helados, cafés en latas, chocolates, Kitkat de wasabi. No puedo probar todo lo que quisiera. Y el 80% de las cosas es difícil saber qué son. Es como no saber leer, pienso que es como ser niños antes de los 4 años. Compro un yogur porque veo que una chica lo compra y un café.

– Veo unas zapatillas Nike a 4952 yenes de rebajas. Volveré.

– Harajuku: Voy a la oficina de turismo, mientras espero algo me preguntan si quiero rellenar una encuesta, va sobre la prohibición de fumar en algunos sitios en Japón (entre ellos en la calle). Contesto todo diciendo que me parece muy bien y pienso que tendrían que prohibirlo del todo. Me dan a elegir un regalo entre los que hay gafas de colores y souvenirs. Pregunto qué es una cosa que parece un boli y me dicen “air freshener”, me lo llevo. Después de averiguar cómo ir hasta el santuario que hay aquí, me preguntan qué me gustaría ver y no sé muy bien qué contestar. La chica me pregunta si me gustan los animales y me explica que allí hay cafés de animales, pero que como se llenan tanto hay que hacer reservas. Me ofrece hacer una donde quiera y un descuento en la entrada (¿hay que pagar entrada para un café?). No me convence estar pendiente de la hora y le digo que no gracias, que prefiero pasear sin horario. Me recomienda las calles donde pasear: una que es la típica y la principal, y otra, según ella “very nice and more western-like”. Pienso que he venido hasta aquí a ver Japón, y me prometo no pisar esa calle.

– Llueve. Entro a un FamilyMart y compro un paraguas precioso, resistente y además superbarato (1000 yenes, unos 8 euros). Salgo y en 200m veo unos 6 más bonitos y a mitad de precio. Enjoy the moment and don’t look back.

– Templo Meiji. Silencio y paz. Animales. Pájaros. Lluvia. Volver a la ciudad. Volver al metro. Llueve despacito. Veo varias chicas vestidas de geishas en la ciudad, pero es difícil hacerles fotos. Cuando veo dos entrando al templo y haciéndose ellas una foto me lanzo. Una me ve pero ya estoy cruzando el puente, huyendo de allí.

– Shibuya y su central crossing. He estado tomando un café en el Starbucks enfrente una hora sólo para mirar 200 veces a tanta gente cruzando la calle a la vez en tantas direcciones. Es precioso.

– Tienda que vende electrónica: veo un reloj Casio de los que se usaban en los 80 de 8 euros, y el objetivo 50mm 1.4 para Canon a 340 euros. No compro nada.

– Mi búsqueda más frecuente en estas 24hs: time in Tokyo now / time in Madrid now. 

– El hotel mola todo. Tiene un aire retro y minimalista a la vez. Tiene hilo musical. Te dan unas sandalias zen para la habitación y una bata abotonada. Te puedes hacer té en tu habitación. Y el inodoro japonés electrónico… capítulo aparte. Años luz.

Son las 2 am. Tengo que cortar aquí y tratar de dormir. Intentar dormir en Tokio, eso es otro capítulo aparte.

2:11am: ¡Acaba de temblar! Todo se movía en la habitación, y se oían crujidos. Con el corazón a mil he salido al pasillo pero ya no temblaba. Y todo el hotel dormía. He llamado a recepción y me han dicho que es usual. Le explico que fueron varios segundos y me dice que sí pero que es “weak”. Que no tengo que hacer nada, que si eso ya me avisan. Bu. Ahora quién se duerme.

Tokio día 2

 

***
Estoy en Madrid otra vez, 9 días después, y encuentro este diario inconcluso de viaje. Lo de arriba no era un cliffhanger. Así había quedado mi escrito, porque el día 2 Japón me absorbió. O yo decidí que ya escribiría más adelante.

He pensado no publicar nada. Al final gran parte del placer de viajar es la sorpresa. ¿A quién le interesa que le arruinen la experiencia con un texto como este? Luego pensé que podría guardar las recomendaciones todas juntas en un post para que le pueda servir a los que están por ir a Japón, así como me vino bien a mí haber leído ese tipo de posts y recomendaciones (gracias Matallo, Aurelio, Japonismo, Antonio, Jorge, Teresa, Victoriano). Y ahora pienso que quizás lo haga. Pero será otro post.

Notas posteriores:

– Con los días al final también opté por empezar a hacer fotos en las góndolas a las cosas que no podré probar.

– Nunca volví a por aquellas Nike, ni volví a ver esos Casio. En Akihabara entré en una tienda de cámaras usadas y conseguí un objetivo de 50mm como el que había visto, pero usado y a mitad de precio. No he comprado mucho más. La ropa es de las pocas cosas que me parecieron exageradamente caras.

– Volvió a temblar, la noche siguiente (varios segundos también, largo) y la posterior. En Twitter leí que los dos primeros habían sido de 5 y algo puntos, localizados más al norte. En la última noche lo único que pensé fue “que no vuelva temblar que tengo que dormir para levantarme pronto mañana”, y seguí durmiendo. El ser humano es a la vez terriblemente susceptible y adaptable a todo.

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Be secret, and exult

To a Friend Whose Work Has Come to Nothing
 
Now all the truth is out,
Be secret and take defeat
From any brazen throat,
For how can you compete,
Being honor bred, with one
Who were it proved he lies
Were neither shamed in his own
Nor in his neighbors’ eyes;
Bred to a harder thing
Than Triumph, turn away
And like a laughing string
Whereon mad fingers play
Amid a place of stone,
Be secret and exult,
Because of all things known
That is most difficult.
 
— William Butler Yeats
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Zero-rating contra la libertad en la red

Nadie está ya realmente en contra del core de la neutralidad de la red, pero en los resquicios que deja la normativa europea pueden colarse zero-ratings y otras formas de influir en cómo y a qué accedemos en internet. Esta semana Vodafone presentó unas tarifas con prioridad para ciertas apps. Hablé con ellos, Xnet y abogados para entender qué nos estamos jugando no sólo como consumidores sino también como ciudadanos libres en internet, ese espacio democratizador por excelencia, y se puede leer ya en altavoz

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Si algo es gratis, el producto eres tú. O no.

Probablemente es una de las frases más usadas en tuits, medios y debates cuando se habla de datos personales, de privacidad, de redes sociales y servicios online. Este argumento, además de dar un titular muy resultón para columnas dominicales, es bastante cuestionable. 

Por un lado, el modelo gratis-con-publicidad lleva muchos años funcionando (pensemos en la radio o la TV) y eso no significa que los usuarios sean tratados como producto o sus datos vendidos. Por el otro, creer que porque pagas por algún servicio la empresa no te utiliza como producto o no explotará los datos que tiene de ti es como mínimo, ingenuo.

Evil Google ha encajado perfecto en el personaje que parece validar este argumento, pero desde que existe la publicidad, las audiencias, su relevancia, su atención, su tiempo y sus datos, son algo por lo que se paga, aunque el público ya sea suscriptor. 

La frase viene de los años 70, bastante antes de internet. Fue pronunciada en un corto sobre la TV llamado “Television delivers people”, en 1973, y se reprodujo en una entrevista de Richard Serra que hablaba de ese show. Pero se popularizó a través de un comentario de Andrew Lewis en unos foros de Metafilter.

Aparentemente también el argumento de “El producto eres tú” fue usado por Ronald Reagan en un discurso en 1986, en el que hablaba de la guerra contra las drogas. 

Defender la privacidad en lo relativo a los datos que utilizan las empresas con las que tenemos que relacionarnos es fundamental y por eso necesitamos utilizar argumentos más informados si queremos defender nuestros derechos.

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