Los árboles de mi ciudad están tan grandes

2015-03-29 13.24.17

No hace falta ser anciano para darse cuenta de que con los años los lugares de la niñez se te quedan dentro, y en mi caso tienen forma de calles que recorro desde hace años una y otra vez mentalmente, desde la bicicleta o caminando, o trepando si son árboles o techos. Mi niñez fue feliz y es mi tesoro. Esas calles se quedaron en Argentina, en distintas ciudades en las que viví y a las que hacía muchos años que no volvía.

Viajo bastante y siempre intento ir a lugares que no conozco. Pero en este viaje volví a caminar por las calles de mi niñez, con ojos muy abiertos, con la cabeza yendo y volviendo. En la ciudad donde nací todos me mostraban los edificios nuevos, las fuentes, los puentes, y yo no me cansaba de mirar los árboles. Todos están tan grandes. Son más parte de la ciudad de lo que uno esperaba: despeinados, frondosos, enormes.

Muchas de las calles de las ciudades donde viví han cambiado tanto que me costaba reconocerlas: las tiendas y las personas parecían familiares pero claro, no eran las mismas. A veces las aceras, o los nombres de las calles eran lo más reconocible: todo lo demás era diferente, más ruidoso, más intenso y más complejo y a la vez más pequeño de lo que yo recordaba. Como cuando ves a través de las gafas de un miope. Las casas estaban más enrejadas y creo que también por eso parecían pequeñas. Mis escenarios de la niñez estaban definitivamente más llenos de libertad.

Los olores son exactamente los mismos: ¿cómo pueden ser tan concretos y tan endiabladamente difíciles de definir? En cada esquina se amontonaban recuerdos, y quizás por eso no podía caminar muy deprisa. Pasé por la casa de Emiliano, el chico terrible que no soportábamos mucho pero que era el único que tenía una Commodore 64 y nos la prestaba alguna vez. Ví las casas del barrio Gómez, y cada una eran tanto más que casas: rostros, familias, historias. De chicos, con Mati, mi compinche, subíamos al tejado de nuestras casas y desde ahí saltábamos a otros techos vecinos, nos encantaba treparnos a ese mundo propio y aunque no nos dejaban, llegamos a conocer los tejados de muchísimas casas de la manzana.

A veces los recuerdos eran sólo retazos de imágenes sin sentido: las frutillas que nos convidaba el marido de nuestra profesora de inglés, el cuerpo muerto de un pajarito en la calle que había caído de su nido, la piedra que había debajo del río y que teníamos que evitar al nadar para no rompernos los dedos de los pies.

La calle Libertad, la primera en la que vivimos y que significaba tantas cosas. La rotonda con la estatua de La Madre. El café Amici. La Telefónica, donde estaba la única cabina de teléfono pública, en la que había colas todas las noches para llamar, porque era más barato. El helado de chocolate de Frigor, en la heladería de la señora Kalas, que siempre nos sonreía. Ha muerto, me dijeron. La vez que pasé caminando frente a la tienda del chico que me gustaba y me temblaban las piernas de niña de 12 años. Pasé y me temblaron otra vez, a pesar de que la tienda no era la misma, ni había nadie allí.

Pasé por la casa embrujada. Todos decían que por las noches se veían luces y cortinas moverse a pesar de que nunca estuvo habitada, yo no consideraba necesario ni siquiera poner en duda algo que decía todo el mundo, y nunca pasaba por ahí. Sigue cerrada. Era de día cuando la volví a ver pero siempre la veo oscura. Frente a ella tuve 8 años otra vez, el mismo silencio en esos sauces, las mismas ventanas despintadas. Sólo pensé en hacerle una foto y me fui enseguida.

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La casa embrujada

La escuela Mariano Moreno. Mi escuela primaria con nombre de periodista prócer, que cumplió 100 años y no cambia. Aunque era blanca y ahora es amarilla, está pintada y es reluciente y hermosa como la recordaba. Sólo se ve tan pequeña que no quise mirarla mucho, creo que quise quedarme con la escuela inmensa de mi memoria. Con esos pasillos anchos donde salíamos cantando todos los días en fila hasta que bajábamos las escaleras de la entrada y alguien nos estaba esperando con una sonrisa. La garganta se me anuda.

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La escuela

Si hubiera tenido más días, hubiera recorrido todas las calles de esas ciudades, mirándolas, por fuera y por dentro mío, no sé muy bien por qué, ni de dónde viene ese placer tan hondo.

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When

“For truth and duty it is ever the fitting time; who waits until circumstances completely favor his undertaking, will never accomplish anything”

– Martin Luther

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Redacciones

NYT_News_Room_Pulitzer_speech_2009

“Tengo a esta redacción el amor que tiene un inmigrante”. Algo así dice David Carr en Page One, el documental sobre el New York Times, que es también un documental sobre estos tiempos en la prensa. Cómo no identificarme con esa frase, cuando el periodismo que uno hace es un privilegio, cuando llegar a una redacción como la mía es un premio cada lunes.

Cuando terminé mi carrera, tras años de prácticas y muchas entrevistas frustrantes decidí que si el periodismo no tenía nada que ver con internet no me interesaba. Tras años de proyectos digitales propios e impropios y freelancear a gusto y disgusto, encontré una redacción, nada tradicional pero muy periodística, donde se hace periodismo a pesar de todo. En mi lista de mis lugares favoritos del mundo -no lo dudo ni un momento- una redacción está entre los primeros.

Carr también dijo:

The dirty secret: journalism has always been horrible to get in; you always have to eat so much crap to find a place to stand. I waited tables for seven years, did writing on the side. If you’re gonna get a job that’s a little bit of a caper, that isn’t really a job, that under ideal circumstances you get to at least leave the building and leave your desktop, go out, find people more interesting than you, learn about something, come back and tell other people about it—that should be hard to get into. That should be hard to do. No wonder everybody’s lined up, trying to get into it. It beats working.

Foto: Nycmstar

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Citizenfour

Edward Snowden en Citizenfour

La película de Laura Poitras es un documental imprescindible para entender esta nueva etapa de internet. Citizenfour es, primero, un documento histórico que recoge de primerísima mano el encuentro de Edward Snowden con los periodistas que le ayudaron a revelar al mundo el mayor espionaje masivo conocido; y después, una película inquietante, donde es la información y no la música la que nos hace darnos cuenta de que no estamos viendo ciencia ficción. Escribí más sobre Citizenfour en Diario Turing.

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Cumpleaños y cábalas

2015-01-30 09.44.30

Este año para mí lo notorio del cumpleaños han sido las cábalas en torno a esta fecha en la vida de uno. Hay más de las que yo pensaba. Hay más gente que las cree y no se atreve a romper ciertos hábitos que las que yo creía. Una que yo practiqué durante mucho tiempo: nunca decir feliz cumpleaños a alguien un día antes. Menos aún festejarlo. Mejor saludar a alguien días después a que sea en la víspera, o estaremos virtiendo una oscura descarga de mala suerte a quien queríamos agraciar.

Cumplí años el 31. Este año me costaba entender que el mejor día para quedar a unas cervezas era el 30, por ser viernes, pero en cuanto me dí cuenta que era esa extraña cábala la que estaba obstaculizando mi cabeza, fijé fecha y llevé un pastel de cumpleaños a la redacción y esa noche nos tomamos las cañas y tapas más guapas del mes. Y sin embargo, hubo gente que festejó conmigo pero sólo me dijo feliz cumpleaños al día siguiente, aunque fuera por mensaje y no en persona, supongo por ese temor tan humano a tirarme mala suerte. Hubo quien no veo hace años, pero me mandó un email también un día después porque ese mismo día no podía mandármelo y el día anterior a mi cumple, ni hablar, no se hace. Hubo quien me preguntó si le daba permiso para darme el regalo el 30.

También hay quien piensa que hay que soplar siempre unas velas. Y cantar el cumpleaños feliz. Y a mí me encanta que alguien cuide los detalles. En algún momento pensé qué suerte que no soy esclava de las cábalas. Hasta que tuve que aceptar que tengo una. No es menos irracional que las anteriores: es que siento que siempre hay que festejar los cumpleaños.

Dejar pasar el aniversario de tu nacimiento sin invitar, sin brindar, sin festejar de alguna manera me parece un error, un acto que puede merecer algún tipo de mala suerte, incluso diría una señal de soberbia de quien se cree inmortal. Triunfa la irracionalidad y la cábala también en mí: siempre debo celebrar mis cumpleaños.

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