La confianza es un puente sin terminar en Kiev

El puente de la foto está sobre el río Dnieper, en Kiev. Empezó a construirse en 1993 y 25 años después sigue sin terminarse. Muchos lo ven como un símbolo de la corrupción política de Ucrania. En este país, justo después de su revolución en 2014, sociedad civil y empresas se unieron para desarrollar un sistema de transparencia en torno al dinero que gasta el gobierno en contratos y compras. 

Si el dinero que gasta nuestro gobierno en contrataciones públicas es de todos, todas las cuentas deberían ser transparentes para los ciudadanos. Deberíamos saber exactamente no sólo quién ganó una licitación, también qué empresas se presentaron, qué oferta se eligió finalmente y cuánto hemos ahorrado. Exactamente esto ha logrado hacer Ucrania, un país que tiene uno de los índices más altos de percepción de corrupción por parte de sus ciudadanos. Lo cuento aquí:  Cómo Ucrania logró poner en marcha su sistema de transparencia en contratos públicos.

 

Cómo se vestirá la gente en 1950, según 1914

Otho Cushing

Otho Cushing es el ilustrador de esta portada retrofuturista, publicada por LIFE en 1914. Cushing fue un ilustrador popular que dibujó para LIFE durante muchos años, aunque poco se sabe de él. El estilo y la temática gay de sus trazos han dado cabida a la idea de que la familia o la sociedad de la época vieron algo que ocultar y pocos datos se tienen de su vida, aunque se puede ver su obra en varias ilustraciones y acuarelas. Vía: What people will dress like in 1950 as imagined on the cover of “Life”, 1914 | Matthew’s Island of Misfit Toys

Kowloon

Kowloon

De vez en cuando me encuentro en internet con la terrible ciudad amurallada de Kowloon, aquél fenómeno que desaparecido aún fascina, y al que podemos reconocer en películas, escenarios de misiones de videojuegos y postales ciberpunks.

“La ciudad de la oscuridad”, “La ciudad de la anarquía”, “La ciudad de la imaginación”: fue el lugar más densamente poblado del mundo y recibió estos apodos por sus características, antes de ser demolido finalmente en 1994. Con 33.000 habitantes (que según el Washington Post Foreign Service llegaron a ser 50.000) viviendo en sus 2,6 hectáreas, la ciudad amurallada de Kowloon era el barrio de una ciudad de Hong Kong con el mismo nombre, que quedó abandonado del control administrativo por los gobiernos británico y chino. Su brutal densidad de población era de 1.255.000 habitantes por kilómetro cuadrado.

Dentro de sus muros invisibles (que fueron derribados pero continuaron existiendo políticamente) y cuando no hubo más espacio en horizontal, los ciudadanos chinos que quedaron allí apilaron viviendas minúsculas en cualquier sitio donde encontraran hueco, creando edificios de hasta 14 pisos. No podían hacer más porque los aviones que aterrizaban en el aeropuerto de Hong Kong pasaban casi rozando las azoteas. La luz del sol no llegaba a sus calles cubiertas por una maraña de cables y tuberías, que tenían que ser recorridas con paraguas ya que siempre estaba goteando en ellas. Como muchas ciudades asiáticas que crecen en vertical, podía ser recorrida a través de pasajes y azoteas sin prácticamente bajar al nivel del suelo. Los vecinos vivían en aquél mundo aislado sin leyes ni gobierno, pero pacíficamente y en comunidad. Había numerosas organizaciones benéficas y acciones vecinales.

En la ciudad amurallada de Kowloon ejercían su actividad muchos oficios y profesiones que no habían sido autorizadas por el gobierno de Hong Kong: destacaban dentistas sin título, carniceros o vendedores de comida que no pasaba ningún control sanitario, burdeles y vendedores de drogas. Al no haber autoridad proliferaron las mafias. Durante más de 20 años, la policía no se aventuraba a entrar, y se recomendaba a los turistas que no se acercaran al lugar a riesgo de no salir de allí.

Greg Girard, un fotógrafo canadiense y Ian Lamboth, su colaborador, pasaron 5 años tomando fotos en aquella ciudad, y su trabajo puede verse en el Daily Mail. Fueron entrevistados por el Wall Street Journal para un documental corto que puede verse online:

En el museo Paul Getty, en Los Ángeles, hay una foto enmudecedora que tomó Ryuji Miyamoto. Es la que ilustra este post. Igual de impresionante es el mapa de corte transversal que hizo un equipo japonés antes de su demolición. Adolfo Arranz, un infografista español, hizo hace poco una ilustración para el South China Morning Post. Encontré también un podcast (en inglés) de 99% Invisible sobre esta ciudad. Como si mirando y remirando sus fotos y mapas y escuchando a quienes estuvieron allí podamos creernos que Kowloon fue posible y que los escenarios distópicos no son tan lejanos.

Los retrones y el Premio Zangalleta para eldiario.es

eldiario-14 Hace unos días fui a Zaragoza a recibir en nombre de eldiario.es el Premio Zangalleta que otorga desde hace 20 años la FDA, Fundación de Disminuidos Físicos de Aragón. Fue un gustazo estar allí con Raúl y Pablo, del blog De Retrones y Hombres, quienes tienen mucha de la culpa de recibir este premio. Desde que nació eldiario.es, quisimos mostrar las noticias en su dimensión social. Un dato no significa nada si no entendemos qué pasa con las personas detrás de él. Las primeras secciones con las que nació eldiario.es fueron política y economía, y fuimos sumando otras, como Sociedad, y Desalambre, dedicada exclusivamente a los derechos humanos. En la redacción hay una prioridad constante que es la de abrir espacios, contar otras realidades que no reflejan otros medios, y poner a disposición de quienes tengan algo que contar nuestra plataforma, sobre todo de quienes no tienen ese altavoz que pueden encontrar en otros medios: minorías o grupos que no tienen visibilidad. A los pocos días de que yo empezara en el eldiario.es, Nacho me mostró un email que había recibido: era de Pablo y Raúl, dos chicos de Zaragoza con discapacidad física, los “retrones” en cuestión. En ese mail, nos contaban que querían escribir en un blog. Lo pusimos en marcha enseguida. Yo entonces no sabía lo que quería decir retrón, y a partir de leer la palabra tantas veces en esos posts le tomé tanto cariño que me resulta difícil buscar otra para hablar de ellos. Como dicen ellos mismos:

No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen. Las noticias sobre retrones no deberían hablar de enfermitos y de rampas, sino de la miseria y la reclusión.

Muchas veces estoy por usar esta palabra y pienso “Marilín, para los otros fuera del blog esto suena diferente, lo pueden tomar de forma negativa”, y entonces empiezo a buscar otras palabras, todas muy correctas pero ciertamente menos adorables. De hecho surgen discusiones: en Twitter, en la redacción, a la hora de comer, en listas de emails. Dentro y fuera de redes sociales, en privado y en público. Hablamos mucho de si las palabras son las adecuadas, si estamos refiriéndonos a un colectivo correctamente, si al fin y al cabo son las palabras tan importantes como nos parecen y no son sólo una forma hipócrita de no tocar otros temas más graves. Y al final terminamos hablando de su situación, de los problemas, de la sociedad en la que estamos unos y otros y de lo que queremos cambiar. En este punto yo, íntimamente, pienso que lo estamos logrando. Y esto es lo que nos hace ir todos los días a la redacción, quemarnos las pestañas hasta la madrugada editando un artículo, poniendo en marcha un especial, peléandonos con el sistema de edición. Y que Pablo me diga después del acto que nunca se ha sentido tan libre escribiendo en un medio. Es eso, y quizás no tanto un premio, lo que nos da fuerzas para pensar que otra forma de hacer periodismo es posible.

Hovenring

Hovenring

En palabras de Dave Atkinson, es por estas cosas -y no porque en los Países Bajos no haya cuestas- por las que allí se usa tanto la bicicleta. Yo agrego: políticas de urbanismo que tengan en cuenta a los ciclistas. El Hovenring existe y está en Eindhoven, Países Bajos.
Vía @eduo.

NOAH, el corto y la vida que sucede en una pantalla

El corto que triunfa en el Festival de Cine de Toronto, dirigido por Walter Woodman y Patrick Cederberg, muestra 17 minutos de vida a través del ordenador. También es la primera vez que este festival ofrece a los directores colgar sus cortos en Youtube.

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