
Invitamos a Pedro Duque a un Pregúntame y no podía dejar de poner la foto. Siempre es bueno saber que un astronauta comparte tu punto de vista sobre Interstellar.
desde la otra orilla

Invitamos a Pedro Duque a un Pregúntame y no podía dejar de poner la foto. Siempre es bueno saber que un astronauta comparte tu punto de vista sobre Interstellar.

Por si «trabajar en internet» no fuese ya esa frase que hace que la gente te pregunte una y otra vez en qué trabajas, desde hace 3 años tengo uno de los puestos con descripciones más difíciles de definir: Producto.
Muchas veces lo defino en corto como «trabajo interdisciplinariamente con las 3 áreas de nuestra empresa: redacción, desarrollo y comercial» y observo varias caras en mis interlocutores: van desde «pobre, tú eres la que se encarga de que todo funcione» a «qué interesante».
El rol del Product Manager o jefe de Producto varía de una empresa a otra, principalmente porque hay diferentes tipos de productos, estructuras y organizaciones de diferentes magnitudes; aunque en todos los casos es una posición clave y la responsabilidad del producto final cae en su figura.
Al encargado de producto se le llama también «mini-CEO«, en parte porque su visión debe coincidir con la de la dirección y porque su rol es estar donde se necesite según la circunstancia y necesidad del producto. Las diferencias no sólo varían de empresa a empresa, también los roles de este puesto pueden cambiar, dependiendo de las necesidades de la organización. Los jefes de producto operan en escenarios cambiantes y una de sus habilidades es saber reconocer lo que esos cambios significan para el producto y para su propio rol.
Todos sabemos ya que las ideas no valen mucho y que lo verdaderamente duro es lograr que salgan adelante, pero somos los jefes de producto quienes trabajamos bajo ese mantra a diario. Con una visión más amplia que la de un encargado de proyecto (un project manager), la persona de producto se encarga de construir puentes entre lo general (por ejemplo la visión de la empresa) y lo específico y concreto (como por ejemplo los requerimientos funcionales de una web).
Este puesto no es especializado sino interdisciplinar y por eso los llamados perfiles híbridos son los mejores para llevar producto. Una de las características del product manager es que nunca «toca» el código o el diseño -por ejemplo, si hablamos de un medio digital- sino que es responsable del producto integral.
«Un jefe de producto es responsable del funcionamiento sano de todas las regiones en la red de producto», dice Daniel Schmidt, que dibujó un diagrama para explicar qué es Producto (arriba) y cuáles son los roles y responsabilidades de alguien con este puesto. Recomiendo la lectura de su blog si les interesa el tema, y más adelante escribiré más sobre a qué se considera Producto cuando hablamos de medios digitales.

Javier de la Cueva ha escrito el «Manual del ciberactivista«, un libro para entender qué son y qué no son las acciones micropolíticas y una guía con lo fundamental para llevar a cabo acciones micropolíticas en el entorno digital.
Por fin Javier deja claro por qué no hay que llamar con la palabra de moda «tecnopolítica» a esto:
«La tecnopolítica se ejerce desde que existe la técnica, mostrando los enfrentamientos bélicos una trayectoria histórica de uso de la tecnología para la política que abarca desde el inicio de los tiempos hasta la utilización actual de los drones y las armas biológicas. Como un buen ejemplo de tecnopolítica se puede citar el III Reich, fuente de innovaciones tecnológicas tan perversas como el uso del gas Zyklon B o de los campos de concentración». (…)
«Utilizar el término de tecnopolítica para los usos de redes y los terminales conectados a las mismas supondría ignorar una carga histórica que ni se debe ni se quiere olvidar, especialmente cuando los funcionamientos de las redes sociales siguen en muchos aspectos el diseño propagandístico realizado por Goebbels (quizás la identidad más evidente es la de los hashtags de Twitter, que corresponden a las etiquetas goebbelianas)».
El libro pone además otros detalles en contexto histórico, como la formación de círculos de Podemos como una consecuencia de los nodos de #Nolesvotes, y estos a su vez, el calco de una experiencia en red de 2004 de la que se guarda poca memoria, el intento de organizar una Federación de Linux User Groups (FLUG). Abundando en ejemplos como la «Demanda contra el canon», u otras experiencias de acciones micropolíticas en la red en estos años, Javier empieza por los conceptos teóricos políticos de distintos autores, lemas hackers y componentes de una acción micropolítica para ir rápidamente a una serie de cuestiones prácticas que tomará en consideración todo activista que usa las redes.
Sólo él, abogado, doctor en filosofía, usuario de GNU/Linux y programador y ciberactivista él mismo podía tanto definir los conceptos políticos y los aspectos prácticos de la comunicación en redes para lograr una síntesis como esta. El libro está a la venta en formato físico en una edición muy cuidada, con esquinas redondeadas y páginas de cortesía en papel translúcido. En un año estará colgado online para descargar y compartir, fiel al «no propongas, haz».
La educación sexual para niños está a años luz en Noruega de otros países como España o cualquiera de Latinoamérica. Sólo hay que ver este vídeo de la televisión pública noruega dirigido a niños entre 8-12 años, que fuera de sus fronteras no pasaría creo uno de esos filtros de «protección al menor».
Sexual education from Norwegian State Channel… por puberteten

No sé por qué ni cómo sobrevivo
ni cuál es la razón que me sostiene,
ni de dónde proviene y me mantiene
la parte de tristeza que recibo.
Tengo la libertad y soy cautivo
el corazón me tiene y no me tiene,
vengo desde los dioses y no viene
ningún dios a decirme que estoy vivo
Apenas si perduro, si comprendo
el triste oficio de seguir latiendo
en mitad del silencio y el despojo
Dadme al menos un agua y una arena,
una ilusión, una verdad, un ojo.
Quiero mirarme adentro de mi pena.

Ví el primer capítulo y me fascinó. No hay spoilers, siga leyendo tranquilo, aunque aún no sepa por qué terminará viendo esta serie. «El Ministerio del Tiempo» es una serie fantástica y de aventuras que se basa en hechos de la historia de España. El propio Ministerio del Tiempo es una institución secreta de la que sólo tienen conocimiento presidentes, reyes y quienes trabajan en él, y tiene como misión preservar la historia de España.
“No podemos decir que no podría haber sido mejor, pero tan mala no es, y no somos quiénes para cambiarla, por lo que tenemos que mantenerla así porque es lo que nos ha hecho que lleguemos hasta aquí”, algo así explica su director a los recién llegados. La premisa –en la que Lucía ve el rancio orgullo españolista– oculta a primera vista mucho más de lo que sugiere inocentemente. A lo largo de toda la serie aparecerá cierta tensión en desafiar esa filosofía y esa misión constantemente, tanto para beneficio colectivo como para beneficio personal de los funcionarios del Ministerio que tienen acceso a las Puertas del Tiempo.
He pensado mucho qué es lo que más me engancha de la serie. Se ha dicho que El Ministerio del Tiempo gusta porque ensalza la figura del funcionariado español, porque allí se habla de España en singular, como si fuera una sola y sin acentos, y que en España gusta porque nos recuerda lo españoles que somos. Yo detesto los nacionalismos, ese orgullo idiota de haber nacido en un trozo de tierra y creer que es mejor que otro. Los conozco, los padezco, tanto el argentino como el español. Cada vez que caigo en ellos, como en un perfume dulce y reconfortante, huyo: las fronteras y las banderas son útiles para administrar, pero los seres humanos somos iguales en lo que importa. Y justamente me parece que El Ministerio del Tiempo se ríe de eso: reconoce esas señas de identidad que los españoles ostentan como propias y de paso hace un chiste con eso. Se han ganado a la audiencia, y aprovechan para tirar del anzuelo. Y mientras hablan sobre reyes, guerras, armas, también hacen crítica social, mostrando cómo se ven las cosas en una y otra época. La ciencia ficción muchas veces ha abierto caminos para que nos cuestionemos nuestra realidad desde el panorama que nos da otro mundo distópico: esa misma crítica social creo ver en algunos diálogos de MdT, y me encanta.

A quienes nacimos afuera nos muestra de dónde vienen tantos rasgos españoles, nos los muestra jugar y competir entre ellos a lo largo de la historia. No vemos dos, vemos las mil Españas. Y aún así, paradójicamente, es una serie que tiene que luchar contra su estigma de ser española. Cada vez que la he recomendado, me decían lo mismo: “Oí buenas cosas de ella, pero es que me da mucha pereza ver una serie española”. Y también el asombro: “¿de verdad es tan buena siendo española?”. Estoy convencida de que si no la ha visto más gente (aún) es porque ese prejuicio les juega en contra. Los hermanos Olivares y el gran equipo detrás de este producto acaban de demostrar contundentemente que la ficción en este país puede estar al mismo nivel de las mejores series internacionales.
Hay muchísimas cosas que me gustan de la serie, no creo que termine de poner todas en este texto. La elección de los actores, la mezcla de la Historia (siempre con mayúsculas y tan intocable) con el humor, la simpatía de los personajes. Hay escenas muy logradas. Emociona, sorprende, hace reír. El guión es tan bueno, que a pesar de que los actores a veces declamen algunas líneas como si estuviesen en un teatro, logra sobreponerse y crear escenas geniales. Los guiños a la audiencia son constantes, pero no burdos ni obvios. El papel de las mujeres de la serie es maravilloso: Amelia e Irene son las jefas de las misiones, así, de entrada. Las mujeres son protagonistas íntegras, no son amantes o esposas. Son quienes van adelante y quienes rompen las reglas o se atreven a tener las suyas propias. Y finalmente otro detalle que me llama mucho la atención: escuchar a alguien hablando de vos sin ser argentino, escuchar cómo sonaba el vos de España en el Siglo XVI en la voz de Alonso de Entrerríos. Otras cosas que me gustan están descriptas en la reseña de Jot Down (ahí sí hay spoilers).

Ví la serie en un par de días, tras volver de Argentina. Alguien prof_falken pidió que entrevistáramos a Javier Olivares, su creador, para el Pregúntame, y quise ver de qué se trataba esto. Ese día compartí un viaje de vuelta de Burgos con Antonio (@aberron, ¡gracias!) y le pregunté qué era y me dijo algo así como “Un Doctor Who español”. Sin creerme demasiado su entusiasmo busqué el primer episodio, y en el camino me encontré con mil millones de comentarios en redes, foros, páginas en Facebook y Twitter, millones de fanfics, un Tumblr oficial. Y lo mejor es que no tuve que descargarme nada porque toda la serie está en el servicio A la Carta de RTVE.
La app móvil para verlo con Chromecast es una idea excelente, si funcionase bien. En principio todo va bien hasta que decides pausar, si hiciste eso perdiste: se cuelga la aplicación, hay que comenzar otra vez. Y no solo abrir la app otra vez, sino ver de nuevo todo (!!) porque no funciona bien la función de adelantar/volver atrás. El otro problema es que algunos capítulos se ven en HD y otros no, también una pena, porque ha sido filmada cinematográficamente y sería bueno disfrutarla así.
Last but not least, una de los aspectos más interesantes del fenómeno MdT es que pone sobre la mesa el tema de las mediciones. Cuando se habla del éxito de esta serie es necesario explicar que estuvo mal programada, que los primeros cuatro capítulos no tenían un mismo horario, que su audiencia en vivo y en directo era alta pero es en el diferido y en web donde se dispara finalmente: 3.100.000 personas vieron el último capítulo, mientras que “sólo” 600.000 lo vieron en directo. ¿Hasta qué punto es miope seguir considerando sólo a un tipo de medición, la de los audímetros y olvidar a una gran porción de la audiencia, audiencia bastante más exigente además, que ya no ve TV en directo sino a la carta y en diferido?
La participación en redes generada por parte de los ministéricos (así se llaman los fans de MdT) generó fanfics, memes, un podcast, tumblrs, incluso subtítulos en inglés y hasta húngaro; también una petición en Change.org para que TVE hiciera una segunda temporada, algo que al final se ha confirmado por parte de la cadena. Por cierto, en breve tendremos a Javier Olivares en el Pregúntame, los encuentros digitales con los lectores de eldiario.es.
Más enlaces:
El Ministerio del Tiempo – Capítulos completos
Entrevista a Javier Olivares – Informativos.net (video)
La fiebre ministérica – La Vanguardia
Así gobierna El Ministerio del Tiempo las redes sociales
Entrevista a Javier Olivares en Vaya Tele
‘El Ministerio del Tiempo’ es también el Ministerio del Éxito
Conclusiones de un ministérico después del final de El Ministerio del Tiempo
Ruta ministérica por las localizaciones de El Ministerio del Tiempo
La guía imprescindible para descubrir el Madrid de El Ministerio del Tiempo
Filtrala cumple un año y en la jornada que organizó para celebrarlo estuve hoy moderando la mesa redonda: «Periodismo de filtraciones en España: experiencias, retos y perspectivas», con la participación de Pedro Noel y Santiago Carrión (@wbpress), de Associated Whistleblowing Press; Ter García, de Diagonal; Toni Martinez (@tonillo), de La Marea, Susana Sanz (@suysulucha), de Fíltrala, y Juan Luis Sánchez (@juanlusanchez), de eldiario.es. Hablamos de la experiencia de los medios, el proceso para trabajar con información que ha sido filtrada y los mejores recuerdos de publicaciones de este tipo que han surgido este año.