Los últimos de Malthausen

LA MEMORIA DEL HOLOCAUSTO // LOS TESTIMONIOS >> REPORTAJE
Los últimos de Mauthausen

El Gobierno español rinde por vez primera homenaje a los miles de deportados españoles a los campos de concentración nazis
El reconocimiento llega a los escasos supervivientes cuando ya son octogenarios

MARC MARGINEDAS
BARCELONA

El reconocimiento ha llegado por fin, aunque tarde. Cuando los escasos supervivientes de los más de 10.000 deportados españoles a los campos nazis que todavía viven son ya octogenarios, por vez primera un Gobierno español se aviene a rendir homenaje a los sufrimientos de los ciudadanos que lucharon por la II República, tuvieron que huir de su país tras la derrota en 1939 y trabajaron en régimen de esclavitud para la Alemania nazi. El tiempo no ha borrado de la memoria las palizas, ni el hambre, ni las humillaciones.

ENRIC MARCO
PRESIDE AMICAL DE MAUTHAUSEN

«Sobrevivir en un campo de concentración es cosa de suerte y fuerza mental»

El día de la liberación no fue un día de excesivas alegrías para nosotros. Para los españoles no era más que eso, parecía que estuviéramos libres pero no podíamos volver a nuestro país. Incluso no podíamos ser como los otros, que podían salir, con un reconocimiento y organizaciones de ayuda.
La ración diaria en un campo de concentración era escasa. Por la mañana, un café –y ese café quiere decir cualquier cosa– y un poco de pan. Después, al mediodía, nos daban medio litro o un litro de comida. Y lo llamábamos litro porque era precisamente eso, todo líquido. Después, por la noche, te daban unas cucharadas de leche agria, de yogur o un trozo de embutido. Lo que más nos afectaba era la disentería, y el frío, ese frío tan tremendo, de 15 o 20 grados bajo cero. El esfuerzo físico, la sensación de estar solo, de que al día siguiente volvería a haber el mismo frío, la misma humedad. De que la ropa que te ponías volvería a oler a demonios otra vez.
No podíamos intimar con nuestros carceleros. Nuestros carceleros estaban educados y además sabían que si su comportamiento no era lo que se esperaba de ellos, irían a parar al frente del Este, lo cual les preocupaba mucho. Ellos eran funcionarios de la muerte, pero funcionarios al fin y al cabo, y simplemente obraban en consecuencia. Era peligroso intimar con ellos, sobre todo por su parte. Si en alguna ocasión hubo contacto, era porque interesaba.
En los campos de concentración volvió a surgir el valor de la solidaridad. En algunos centros se logró sacar a una persona que se encontraba realizando un trabajo muy duro falsificando papeles, sobornando a un kapo o a un miembro de las SS.
Sobrevivir en un campo de concentración es tanto una cuestión de suerte como de fuerza mental. También influye si eres joven. Tu capacidad de imaginar y de soñar también es importante, y ése es un patrimonio de los jóvenes. A estas alturas ya no albergo sentimientos de odio hacia ellos. Pero, a pesar de todo, todavía sigo preguntándome cómo fue posible que aquel proceso de deshumanización pudiera haberse dado en una nación con tanta cultura como aquella.

ANTONIO LOZANO
PRESO 4146

«Nadie gritaba. No podías gritar. Al cabo de dos días, no tenías fuerza para gritar»

Aquello era el infierno. Lo primero que vi cuando llegué a Mauthausen fue a los presos, con el traje a rayas y construyendo carreteras. También veías a gente cargando piedras, subiéndolas de la cantera. Y el olor que venía de los hornos crematorios, que no paraban ni de noche ni de día. Nadie gritaba. No podías ni gritar. Al cabo de dos días, no tenías ya ni fuerzas para gritar.
Los primeros meses estuve en la cantera de Mauthausen. Eran 12 horas seguidas trabajando. Parabas durante una hora para comer. Tras una jornada de trabajo de 12 horas, tenías que subir una pendiente cargado con una piedra. Y no era una piedra pequeña. Si no querías que te hicieran bajar con la carga y subir con otro pedrusco más pesado, te buscabas una piedra bien grande. Cuando estuve en Mauthausen, todavía no había peldaños para subir aquella cuesta, y tenías que hacer equilibrios si no querías caer.
Cada día te decías a tí mismo: aguanta, aguanta, aguanta. El comandante ya nos lo decía: que valían más sus tocinos que quienes estábamos allí, dentro del campo.
A veces, como castigo, te hacían dar vueltas al campo hasta que les diera la gana, y te venían detrás con la porra. En ocasiones ayudábamos a correr a los castigados; así no recibías tanto. Mi hermano murió allí. Le pusieron una inyección de gasolina cuando ya no podía trabajar.
Los judíos no duraban más de 15 días en Mauthausen. Un día, vi a dos judíos limpiando letrinas vigilados por dos miembros de las SS. Les obligaron a recoger los excrementos, uno desde el interior de la letrina, con su sombrero, y otro cargando la porquería en una carretilla. Recuerdo cómo los alemanes les ponían la bota encima de la cabeza y les hundían en la letrina.
Salí de Mauthausen un día que vino un comando. Nos hizo formar y nos iba señalando. Por mi lado pasó de largo, pero cuando no miraba me metí en el grupo que había sido seleccionado por el comando y fui a otro campo. Eso me salvó la vida.

JAIME ÁLVAREZ
PRESO 4534

«Después de recibir golpes había que enseñar el culo y dar las gracias en alemán»

No sabíamos a donde íbamos, pero yo me lo imaginaba por lo que me dijo un joven soldado alemán que nos vigilaba. Me dijo lo siguiente: «Si usted tiene algo de valor, déselo a sus compañeros franceses o belgas, que se lo podrán hacer llegar a sus familiares». «Porque –añadió– los españoles vais a un lugar de irás y no volverás».
Recuerdo el día que llegó un convoy con siete vagones repletos de cadáveres. Seguramente venían de Auschwitz o de los campos del Este. Comenzamos a descargar los cuerpos, que habían traído para incinerar. Pero no había sitio en los crematorios, y los tuvimos que estibar como se estiba la carga. Estuvimos descargando cadáveres desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde. Desprendían muy mal olor.
Todavía estoy buscando una muela que me rompió el jefe de campo por capricho. Estuve 15 días sin poder comer. Y con lo que trabajábamos, ya me dirás.
No podías acercarte a un miembro de las SS a menos de 10 pasos. Si te acercabas más, tenían la orden de disparar. También nos pegaban con una porra. Nos daban hasta 25 golpes, y después les teníamos que enseñar el culo y decirles en alemán: «gracias».
Por la noche, lo único que temía era que, estando en el barracón, dijeran mi número. Dependiendo de la orden, nos podían decir: «Mañana no vas a trabajar». Y eso significaba dos cosas: que nos cambiaban de grupo o que nos enviaban al crematorio.
Por la noche no se oía nada. La gente, si podía dormir, dormía. Hubo una época en la que dormíamos en dos literas. Era un pequeño espacio de un metro, máximo 1,20 metros de ancho. Dormíamos cuatro personas entrecruzadas y en medio una en cuclillas, a modo de florero.
Al principio, hubo muchos españoles que no lo podían aguantar y terminaron tirándose contra la alambrada eléctrica. Sobre todo los mayores o los que no eran estúpidos. Pero yo, entonces, era joven, y lo único en lo que pensaba era en la venganza.

Noticia publicada en la página 20 de la edición de 5/6/2005 de El Periódico de Cataluña- edición impresa

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Una respuesta a «Los últimos de Malthausen»

  1. Antonio Lozano era mi tío abuelo.
    Espero que no se vuelva a cometer tales atrocidades en la historia futura de la humanidad, aunque día a día, personas viven bajo condiciones infrahumanas, sometidas x otras personas, que en la teoria son iguales que ellos, que nosotros, que todos.

    deberiamos aplicar esa teoria a la practica.
    a la memoria de antonio.

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